viernes, 14 de agosto de 2026

Cuando la patria volvió a levantarse: memoria y lecciones de la Restauración

Por Ana Ylda Moreta 

Este 16 de agosto, la República Dominicana conmemora el 163.º aniversario del inicio de la Guerra de Restauración, acontecimiento mediante el cual el pueblo dominicano emprendió la lucha armada para recuperar la soberanía perdida tras la Anexión a España de 1861. Esta Guerra, desarrollada entre 1863 y 1865, constituye uno de los procesos militares y políticos de mayor trascendencia de la historia dominicana del siglo XIX, por la amplia participación de distintos sectores sociales y por su resultado decisivo: el restablecimiento de la soberanía nacional (De la Cruz, 2018; Viloria, 2018). 

     Reflexionar sobre este proceso, es pensar en uno de los momentos en el que la patria fue puesta a prueba en lo más profundo de su existencia, es comprender los acontecimientos, las decisiones, las ambiciones y las circunstancias que condujeron a la pérdida de nuestra soberanía y despertaron, en el corazón del pueblo, la voluntad irrenunciable de recuperarla. Es un acto de conciencia: una manera de entender que la patria que recibimos libre fue defendida con sacrificios que como dominicanos no debemos olvidar. 

     Cabe destacar que los primeros años posteriores al nacimiento de la República estuvieron marcados por guerras, batallas, campañas militares y profundas luchas políticas. En país confió a hombres nacidos de su propia entraña el encauzamiento de sus instituciones; la historia política de la época quedó marcada, en buena medida, por el antagonismo entre Buenaventura Báez y Pedro Santana, dos caudillos de enorme poder e influencia que procedieron con la patria de manera que todavía provocan reflexión. Al contemplar aquella historia, resulta difícil no evocar la imagen de la víbora que devora al nacer a su propia madre. 

     El general Pedro Santana, quien se había destacado como estratega, general y patriota durante la guerra contra Haití, tuvo una participación decisiva en las batallas de Azua y Las Carreras. Su actuación militar le otorgó enorme prestigio y lo convirtió en una de las figuras dominantes de la Primera República. Fue elegido como primer presidente constitucional y, desde entonces, su trayectoria quedó ligada de manera indisoluble a los destinos del país. 

     Cuando la recién nacida República tenía solo 17 años, Pedro Santana ejercía su tercer mandato presidencial. Tenía 60 años y enfrentaba un escenario político que dificultaba sus posibilidades de permanecer en el poder. En esas circunstancias decidió buscar en España la protección que, según su planteamiento, necesitaba el país frente a la amenaza haitiana y las dificultades internas. Para ello envió una misión especial a España, en la que participó el trinitario Felipe Alfau, con el fin de gestionar la anexión de la República a aquella nación (Bosch, 2007). 

     Las gestiones de Santana fueron bien acogidas por el Gobierno español. El proyecto anexionista no estuvo separado de los beneficios personales que posteriormente recibió de la Corona. Entre ellos figuró el título de marqués de Las Carreras, además de cargos y honores dentro de la nueva estructura política. El Archivo General de la Nación conserva documentos del período que registran, entre otras disposiciones, el otorgamiento de privilegios, pensiones y el título de marqués de Las Carreras a Pedro Santana. 

      Para el 18 de marzo de 1861, Santana expuso ante los concejales del Ayuntamiento de Santo Domingo sus planes y, aprobados estos, se produjo la proclamación de la Anexión. La bandera dominicana fue arriada y en su lugar fue izada la bandera española, con los honores correspondientes; posteriormente, las autoridades acudieron a la Catedral, donde se cantó un Te Deum. El Archivo General de la Nación conserva la correspondencia de Pedro Santana relativa a la consumación de la unión entre la República Dominicana y España (AGN, s. f.). 

     A partir de ese momento fue entregada nuestra soberanía, sin una guerra formal contra España. La República quedó bajo la autoridad de la Corona española, dirigida por Isabel II. Se daba vuelta atrás a los ideales nacionales por los que habían luchado Duarte y los trinitarios, y se abrió un período de profundas transformaciones políticas, económicas y sociales que alimentaron el descontento popular. 

      El pueblo dominicano comenzó a sentir los efectos del nuevo régimen y las protestas no se hicieron esperar. La oposición fue reprimida mediante persecuciones, encarcelamientos, deportaciones y fusilamientos. 

     La primera protesta espontánea contra la Anexión ocurrió en San Francisco de Macorís, el 23 de marzo de 1861. En el mismo acto del cambio de bandera, parte del pueblo se amotinó tratando de impedirlo; se escucharon voces de “¡Abajo España!” y algunos manifestantes realizaron disparos al aire. Luego, el 2 de mayo de 1861, el coronel José Contreras dirigió un levantamiento armado en la villa de Moca. El movimiento fue sofocado y Contreras, junto con varios de sus compañeros, fue ejecutado (Bosch, 2007). 

     Por otra parte, Francisco del Rosario Sánchez, héroe nacional y uno de los Padres de la Patria, intentó buscar apoyo en Haití para organizar la lucha contra la Anexión. Después de penetrar en territorio dominicano y resultar herido durante las acciones desarrolladas en la zona de El Cercado, fue capturado y fusilado el 4 de julio de 1861 junto con varios de sus compañeros. Su sacrificio se convirtió en uno de los símbolos de la resistencia contra la Anexión. 

      El descontento general fue creciendo y el 3 de febrero de 1863 estalló una rebelión armada en Neiba, dirigida por Cayetano Velázquez. Aunque el movimiento fue sofocado, puso de manifiesto que la resistencia no había desaparecido. A partir de entonces se intensificaron las conspiraciones y levantamientos que finalmente desembocarían en la gran insurrección restauradora. 

     Se sumó el prestigioso hacendado Santiago Rodríguez; se sumó Gregorio Luperón, quien se convertiría en una de las principales espadas de la Restauración; y, junto a ellos, Benito Monción, José Cabrera, Pedro Pimentel, Gaspar Polanco, José María Cabral y otros dominicanos que decidieron poner sus vidas al servicio de la patria. 

      Durante este proceso, las circunstancias políticas de la frontera favorecieron la colaboración haitiana con los restauradores. Los antiguos enemigos encontraron un punto de coincidencia frente a la presencia española, y desde territorio haitiano se facilitó apoyo a los revolucionarios dominicanos (Bosch, 2007). 

     Así, por las circunstancias de aquel momento, los antiguos enemigos pasaron a ser aliados frente a un adversario común. Así se fortaleció el movimiento y, en la noche del 15 de agosto de 1863, el contingente revolucionario se reunió en la zona fronteriza. Al amanecer del 16 de agosto, los restauradores ocuparon el cerro de Capotillo, izaron la bandera dominicana y dieron inicio formal a la Guerra de la Restauración. El Archivo General de la Nación identifica el 16 de agosto de 1863 como la fecha del estallido de la Guerra Restauradora en Capotillo (AGN, s. f.). El sol del 16 de agosto encontró flotando nuestra bandera. 

   A partir de este hecho se multiplicaron los levantamientos y combates entre restauradores y anexionistas, los cuales continuarían hasta 1865. Guayubín, Monte Cristi, Sabaneta, Moca, La Vega, Puerto Plata, San Francisco de Macorís, Cotuí y otros pueblos fueron incorporándose progresivamente a la causa restauradora. Todo el Cibao, en fin, estaba en armas. 

    Los pueblos de La Vega, Moca, Puerto Plata, San Francisco de Macorís y Cotuí se sumaron a las fuerzas restauradoras. Uno de los episodios decisivos fue la Batalla de Santiago, desarrollada entre el 6 y el 13 de septiembre de 1863, cuando las fuerzas dominicanas lograron cercar a las tropas españolas en la Fortaleza San Luis. El 6 de septiembre, buena parte de Santiago quedó envuelta en llamas en medio de los combates. La victoria restauradora constituyó un duro golpe para las fuerzas de la Anexión y fortaleció considerablemente el movimiento nacional (Bosch, 2007; Matos González, 2021). 

    Gregorio Luperón quedó encargado de extender la guerra hacia otras regiones, mientras procuraba impedir que Pedro Santana, quien se había reincorporado al servicio activo, recuperara el control del Cibao. Los dominicanos avanzaron con rapidez y las tropas españolas fueron quedando confinadas a determinados puntos fortificados. 

    Al referirse a los hechos, el general Gregorio Luperón, en sus Notas autobiográficas y apuntes históricos, afirma: “En la mayor parte de las peleas que se dieron a la bayoneta por los españoles y al sable por los dominicanos”, la victoria quedaba casi siempre a favor de los criollos (Luperón, 1896). 

     En opinión del prócer de la Restauración, “El soldado español era valiente, arrojado y sufrido” y “el dominicano era audaz, intrépido y persistente” (Luperón, 1896). 

     En sus notas, Luperón ofrece también una estimación de las pérdidas humanas. Según su versión, el Ejército español perdió 18 000 hombres, sin contar las reservas dominicanas ni los voluntarios de Cuba y Puerto Rico, mientras que los dominicanos perdieron más de 4 000 hombres (Luperón, 1896). Estas cifras deben entenderse como la estimación de un protagonista de la guerra y no como cifras estadísticas definitivas. 

    Ya cuando nuestras tropas habían diezmado al ejército español y la guerra se tornaba cada vez más insoportable para España, el desgaste militar y político hizo insostenible la permanencia de la Anexión. Finalmente, el 1 de mayo de 1865, la Corona española promulgó la ley que derogaba la incorporación de Santo Domingo a España y, con ello, puso fin jurídicamente al proyecto anexionista. 

     Con la salida de las tropas españolas iniciada el 10 de julio de 1865 quedó restablecida la soberanía dominicana y se inició el período conocido como la Segunda República. 

     Se puede afirmar de manera categórica, que la victoria dominicana en esta guerra tuvo sus raíces en el proyecto de nación concebido por los trinitarios y expresado en el Manifiesto del 16 de enero de 1844, que proclamaba el propósito de constituir un Estado libre y soberano, basado en la unión, la libertad y los derechos de sus ciudadanos. Su llamado “¡A la unión, dominicanos!” resumía la voluntad de construir una patria propia y digna. Los restauradores no defendían únicamente un territorio, sino el ideal de nación por el que los trinitarios habían comprometido sus vidas. Fue la reafirmación de aquella voluntad de ser libres y soberanos. La patria fue amenazada, perdida y hasta entregada, pero existió un pueblo dispuesto a defenderla, voluntad, disposición y fortaleza para restaurarla.

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