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| (Ramón Rosario Cocco) |
Por José Santana-Guzmán
En el corazón de Villa Mella, Santo Domingo Norte,
donde la música del merengue típico convive con las preocupaciones cotidianas
de la gente trabajadora, se levanta una voz que busca transformar la realidad
social dominicana. Es la voz del catedrático universitario Ramón Rosario Cocco,
quien, en medio de la celebración del Día Internacional del Trabajo, presenta
un proyecto que pretende sacudir las estructuras económicas y abrir caminos de
esperanza para miles de ciudadanos.
La escena
es sencilla: un encuentro con la comunidad y representantes comunitarios y de
medios, un espacio multiuso recién inaugurado, y un hombre que habla con la
firmeza de quien cree que las ideas pueden convertirse en leyes. Ramón Rosario
Cocco no se limita a diagnósticos; ofrece propuestas concretas, urgentes y
necesarias.
Con tono
enérgico, el profesor plantea la necesidad de un aumento general de salarios.
“Ningún empleado del sector público o privado debe ganar menos de veinte mil
pesos”, insiste. Su propuesta es clara: duplicar el sueldo de quienes aún
reciben diez mil, y ajustar progresivamente los ingresos de quienes ganan más.
El argumento es contundente: los precios de los productos básicos han subido,
la crisis internacional golpea los bolsillos de la gente más pobre, y el pueblo
dominicano no puede seguir perdiendo poder adquisitivo.
La crónica
recoge el murmullo de los presentes, que asienten con la cabeza. La idea no es
solo un número en una tabla, sino un alivio tangible para familias que luchan
día a día por llenar la canasta básica.
Pero Ramón
Rosario Coco va más allá. Su mirada se posa en los jóvenes recién graduados,
aquellos que escuchan con frecuencia la frase que los condena: “No tienes
experiencia”. Para él, esa excusa debe desaparecer. Propone una ley de primer
empleo obligatorio, que garantice a cada egresado y egresada de las
universidades un contrato inmediato en su área de formación, con el salario
mínimo correspondiente a su carrera. “Se terminó que un joven graduado tenga
que montar un motor o vender en la calle para sobrevivir”, afirma con firmeza.
Su propuesta busca cortar de raíz la frustración que empuja a muchos hacia la
informalidad o, peor aún, hacia la delincuencia.
El
catedrático también reclama que el sector popular tenga acceso a los espacios
de diálogo donde se discuten las soluciones a la crisis que padece el país. “El
Gobierno ha escuchado a expresidentes, empresarios y a la Iglesia, pero falta
la voz del pueblo”, denuncia. Su propuesta es organizar talleres y
concentraciones en Villa Mella, para que las ideas de la comunidad se
conviertan en proyectos viables. Porque, como recuerda, “quien paga los platos
rotos de las guerras ajenas es siempre el pueblo dominicano”.
Uno de los
puntos más sensibles de su discurso es la defensa de la cesantía. Ramón Rosario
Cocco la describe como un patrimonio irrenunciable, una conquista histórica que
protege a los trabajadores y trabajadores cuando son desvinculados de su
empleo. “No se puede tocar ni modificar en la reforma del Código de Trabajo”,
advierte con firmeza.
La cesantía,
explica, es más que un beneficio económico: es un escudo contra la
vulnerabilidad, un reconocimiento al esfuerzo de quienes han entregado años de
servicio. El profesor recuerda que eliminarla sería abrir una herida profunda
en la clase trabajadora, debilitando su seguridad y su dignidad.
Sin
embargo, abre la puerta a una alternativa complementaria: el seguro de
desempleo. Este mecanismo permitiría a los empresarios acumular fondos
mensuales para cubrir las indemnizaciones, evitando crisis de liquidez al
momento de despedir empleomanía. “Es una propuesta que beneficia a todos, pero
sin eliminar la cesantía”, recalca. De esta manera, plantea un equilibrio entre
la protección del trabajador y la sostenibilidad empresarial.
La crónica
concluye con la imagen de un hombre que no se conforma con señalar problemas,
sino que ofrece soluciones. En Villa Mella, entre la música de los atabales y
el bullicio de la vida cotidiana, Ramón Rosario Cocco levanta su voz como un
eco de justicia social. Sus propuestas, aún en debate, son semillas que podrían
germinar en leyes y políticas públicas.
El futuro
dirá si estas ideas logran convertirse en realidad. Por ahora, lo cierto es que,
en este Día Internacional del Trabajo, Villa Mella no solo celebró: también
soñó con un país más justo, donde el salario alcance, el primer empleo sea un
derecho, y la cesantía siga siendo el patrimonio inviolable de los trabajadores
y trabajadoras dominicanas.
